Cambio climático

Cambio climático y cerveza

¿Sabrá diferente la cerveza del futuro? El cambio climático ya está transformando el lúpulo

Cuando pensamos en cambio climático, solemos imaginar olas de calor, sequías, incendios, reducción de glaciares o alteraciones en los ecosistemas. Rara vez pensamos en una pinta de cerveza. Sin embargo, la cerveza depende directamente de la agricultura y, por tanto, también está expuesta a todo aquello que modifica las condiciones en las que crecen la cebada, el trigo, el lúpulo y otras materias primas.

El lúpulo es uno de los ingredientes más sensibles. Necesita unas condiciones concretas de temperatura, disponibilidad de agua y horas de luz para desarrollarse adecuadamente y producir los compuestos que después aportarán amargor, aroma y buena parte de la personalidad de una cerveza. Cuando esas condiciones cambian, también puede cambiar la materia prima. Y si cambia el lúpulo, existe una consecuencia que quizá resulte menos evidente: el cambio climático puede acabar modificando el sabor de la cerveza que bebemos.

La cuestión ya no pertenece únicamente al terreno de las predicciones. Productores, centros de investigación y empresas especializadas llevan años trabajando en nuevas variedades de lúpulo más resistentes al calor y a la sequía. BarthHaas, uno de los principales actores internacionales del sector, colabora con programas de mejora genética orientados precisamente a obtener lúpulos capaces de soportar mejor el estrés hídrico y las temperaturas elevadas.

El cambio climático ya ha llegado al campo de lúpulo

El lúpulo, Humulus lupulus, es una planta trepadora perenne cuya producción comercial se concentra tradicionalmente en determinadas regiones de clima templado. Hallertau en Alemania, Žatec en República Checa, Yakima Valley en Estados Unidos o diferentes áreas de Eslovenia son territorios reconocidos mundialmente por sus lúpulos, y no es casualidad que la producción se concentre precisamente en estas zonas. El lúpulo necesita una combinación adecuada de luz, temperatura y agua, y alterar cualquiera de esos factores puede influir tanto en el rendimiento de la planta como en la composición química de los conos.

La investigación científica lleva tiempo detectando este problema. Estudios realizados sobre el lúpulo Saaz, una de las variedades más emblemáticas de la tradición cervecera checa, han relacionado las condiciones climáticas con cambios en rendimiento y calidad, mientras trabajos más recientes siguen señalando al cambio climático como una amenaza para determinadas variedades tradicionales europeas.

Las temperaturas elevadas pueden acelerar el desarrollo de la planta y adelantar determinadas fases del ciclo vegetativo, mientras que la falta de precipitaciones aumenta el estrés hídrico. El resultado puede ser una menor producción, conos de diferente composición y alteraciones en algunos de los compuestos más importantes para el cervecero. Y aquí aparece el verdadero problema: no hablamos únicamente de producir menos kilos de lúpulo, sino también de qué contiene ese lúpulo y cómo se expresa después en la cerveza.

Menos alfa ácidos puede significar otro amargor

Los alfa ácidos son uno de los componentes fundamentales del lúpulo. Durante la cocción del mosto se transforman en compuestos responsables de buena parte del amargor de la cerveza. La cantidad de alfa ácidos depende de la variedad, pero también puede verse influida por las condiciones de cultivo. Investigaciones sobre el impacto climático en el lúpulo europeo han advertido de posibles reducciones tanto del rendimiento como de la concentración de alfa ácidos bajo escenarios de temperaturas más altas y cambios en las precipitaciones.

Para una cervecería, esto significa algo muy concreto: puede llegar a necesitar más lúpulo para alcanzar el mismo nivel de amargor. Eso incrementa la cantidad de materia vegetal introducida en el proceso, puede modificar los costes y obliga a adaptar recetas que quizá llevaban años funcionando de una manera muy estable. Una cerveza que sobre el papel mantiene exactamente la misma formulación podría, sin embargo, necesitar pequeños ajustes para conservar su identidad sensorial.

Pero los alfa ácidos son solo una parte de la historia.

El aroma también está en juego

Para buena parte de la cerveza artesanal moderna, el verdadero tesoro del lúpulo se encuentra en sus aceites esenciales y compuestos aromáticos. Cítricos, flores, resina, frutas tropicales, hierbas, especias, fruta de hueso o pino son algunos de los perfiles que pueden aparecer dependiendo de la variedad y de cómo se utiliza.

La composición aromática del lúpulo no es absolutamente fija. Puede variar con el año de cosecha, el momento de recolección, la ubicación y las condiciones ambientales. La investigación ha demostrado que esos factores pueden modificar la expresión aromática de una misma variedad.

Por eso el cambio climático puede plantear un escenario especialmente complejo para los cerveceros. Imaginemos una IPA construida alrededor del perfil específico de una determinada variedad. Si en el futuro esa variedad produce menos cantidad, cambia su composición aromática o necesita trasladarse hacia otras zonas agrícolas, la cerveza podría no comportarse exactamente igual. La receta puede ser idéntica en el papel, pero la materia prima ya no lo sería.

¿Puede cambiar el sabor de una cerveza clásica?

Sí, aunque probablemente no ocurra de un año para otro ni de forma drástica. El mejor ejemplo es el lúpulo Saaz, profundamente ligado a las lagers checas y especialmente al perfil tradicional de las Pilsner. Sus notas herbales, florales y especiadas forman parte de una identidad construida durante generaciones.

Precisamente por eso resulta significativo que diferentes investigaciones hayan analizado cómo el cambio climático puede afectar al rendimiento y la calidad de esta variedad.

Si determinadas variedades históricas empiezan a encontrar dificultades para desarrollarse bajo las nuevas condiciones climáticas, el sector tendrá varias alternativas: mejorar los sistemas de riego, modificar técnicas agrícolas, desplazar cultivos, seleccionar plantas más resistentes o sustituir progresivamente determinadas variedades. Todas esas decisiones pueden tener consecuencias sensoriales. Una Pilsner elaborada con otro lúpulo puede seguir siendo magnífica, pero quizá no sepa exactamente igual.

Cambio climático

La sequía, uno de los grandes enemigos

Entre todas las consecuencias del cambio climático, la disponibilidad de agua es una de las más relevantes para el cultivo del lúpulo. Los episodios prolongados de sequía pueden reducir el crecimiento de la planta y afectar a la formación de los conos. En regiones donde el riego es posible, los agricultores pueden compensar parcialmente la falta de lluvia, pero eso introduce otro problema: el agua es un recurso cada vez más disputado.

No todas las regiones productoras disponen de la misma infraestructura de riego ni del mismo acceso a recursos hídricos. BarthHaas está apoyando específicamente el desarrollo de variedades de lúpulo resistentes a la sequía, buscando plantas capaces de mantener buenos resultados con una utilización más eficiente del agua.

Esto no es únicamente una cuestión medioambiental. También es una cuestión económica. Si una variedad necesita cada vez más agua para producir un rendimiento adecuado, llegará un momento en el que cultivarla puede dejar de resultar rentable.

Los lúpulos del futuro quizá no sean los de hoy

Aquí aparece una de las consecuencias más fascinantes del cambio climático para la cultura cervecera: las variedades que dominen el mercado dentro de veinte o treinta años podrían no ser exactamente las mismas que conocemos actualmente.

Los programas de mejora genética están trabajando en plantas capaces de resistir mejor temperaturas elevadas, periodos de sequía, enfermedades y otras situaciones de estrés. BarthHaas ha señalado que las variedades más tolerantes al clima forman parte de las herramientas necesarias para garantizar el futuro del sector y colabora con la Gesellschaft für Hopfenforschung, el instituto alemán de investigación del lúpulo, en el desarrollo de variedades adaptadas a estas nuevas condiciones.

Incluso se ha elaborado cerveza experimental con algunas de ellas. Un proyecto denominado Beer for Future utilizó nuevas variedades resistentes a la sequía para producir una lager y demostrar que la adaptación climática no tiene por qué significar renunciar a la calidad sensorial.

La cuestión resulta especialmente interesante porque crear una nueva variedad no es rápido. BarthHaas explica que pueden transcurrir entre 10 y 14 años desde los primeros cruces hasta la introducción comercial de un nuevo cultivar.

Eso significa que las decisiones que se toman hoy están diseñando, literalmente, los lúpulos que beberemos dentro de una década.

¿Y qué ocurrirá con Citra, Mosaic o Saaz?

Probablemente no desaparezcan mañana, pero las variedades no responden todas igual a las nuevas condiciones. Algunas tienen mayor tolerancia al calor, otras soportan mejor el estrés hídrico y algunas dependen más de unas condiciones climáticas relativamente estables.

Esta variabilidad genética se ha convertido en una herramienta esencial. Incluso poblaciones silvestres como los lúpulos americanos Neomexicanus, adaptados naturalmente a regiones más secas del sudoeste de Estados Unidos, han despertado interés dentro de los programas de mejora genética por su capacidad de resistencia y sus características aromáticas.

Es posible, por tanto, que el futuro no consista simplemente en proteger las variedades actuales, sino también en desarrollar nuevas. Y ahí surge una posibilidad inesperadamente positiva: el cambio climático podría acelerar la aparición de perfiles aromáticos que todavía no conocemos.

Menos superficie mundial dedicada al lúpulo

A todo esto se suma otro fenómeno. La superficie mundial dedicada al cultivo del lúpulo lleva varios años reduciéndose. Según el informe BarthHaas 2024/2025, la superficie global descendió por tercer año consecutivo y cayó un 7,7 % entre 2023 y 2024, hasta 55.715 hectáreas.

La tendencia continuó durante la siguiente campaña. El informe BarthHaas 2025/2026 señala que la superficie mundial volvió a caer un 5,5 % en 2025, hasta 52.660 hectáreas, mientras la producción global disminuyó un 3,8 % hasta 109.188 toneladas.

Conviene hacer aquí una precisión importante: no toda esta reducción se debe al cambio climático. El mercado mundial del lúpulo también está atravesando un reajuste provocado por exceso de oferta, cambios en la demanda cervecera, contratos y decisiones económicas de los productores.

Aun así, la combinación de menos superficie cultivada y una climatología cada vez más irregular puede aumentar la vulnerabilidad de determinadas variedades y regiones.

Cambio climático

El agricultor tendrá que adaptarse antes que el cervecero

Cuando hablamos del cambio climático y la cerveza, solemos pensar enseguida en lo que ocurrirá dentro de la fábrica. Sin embargo, la primera batalla se libra en el campo. Los agricultores ya están experimentando con sistemas de riego más eficientes, manejo del suelo, nuevas estructuras de cultivo, cambios en fechas de cosecha y selección de variedades más resistentes.

La investigación publicada en 2026 sigue estudiando precisamente cómo interactúan temperaturas extremas, diseño de las plantaciones y genética de cada variedad para determinar rendimiento y calidad del lúpulo.

Eso significa que no existe una única solución. Una variedad que funciona bien en Alemania puede responder de manera distinta en España, Estados Unidos o Nueva Zelanda. Y probablemente veremos una mayor diversificación geográfica del cultivo.

¿Podremos cultivar más lúpulo en nuevas regiones?

El cambio climático también podría modificar el mapa internacional del lúpulo. Si determinadas zonas tradicionales se vuelven demasiado cálidas o secas, otras regiones situadas más al norte o a mayor altitud podrían convertirse en territorios interesantes para el cultivo.

Algo parecido está ocurriendo en otros sectores agrícolas, como el vino. Sin embargo, trasladar el lúpulo no es tan sencillo como plantar unas cuantas raíces en otro sitio. El suelo, las horas de luz, las temperaturas nocturnas, el agua y la duración de la temporada influyen de forma directa en el resultado.

Además, aparece una cuestión fascinante para los aficionados: el terroir también existe en el lúpulo. Una misma variedad cultivada en lugares diferentes puede desarrollar perfiles distintos. Por tanto, mover la producción podría modificar también su expresión aromática.

El cambio climático también afecta a la cebada

Aunque el lúpulo resulte especialmente visible en la cerveza artesanal, no es el único ingrediente vulnerable. La cebada maltera también depende directamente del clima. Sequías, calor extremo y lluvias en momentos inadecuados pueden reducir rendimientos o producir cereal que no reúna los parámetros necesarios para convertirse en malta cervecera.

Esto significa que el cambio climático puede afectar simultáneamente a dos pilares de la cerveza: malta y lúpulo. Si la disponibilidad de determinadas materias primas disminuye, los precios pueden aumentar y las cervecerías tendrán que adaptar sus compras y recetas. Las grandes compañías pueden disponer de mayor capacidad para asegurar contratos internacionales, mientras que las pequeñas cervecerías artesanales pueden encontrarse con más dificultades.

¿Será más cara la cerveza?

Es posible que determinadas cervezas sí. Si producir una variedad requiere más riego, más inversión agrícola y ofrece menor rendimiento por hectárea, el coste del lúpulo aumenta. Si una cosecha es especialmente pobre, además, la oferta disponible disminuye.

Sin embargo, no podemos establecer una relación automática entre cambio climático y aumento del precio de todas las cervezas. La industria utiliza contratos a largo plazo, stocks de campañas anteriores, extractos y diferentes herramientas para reducir la volatilidad.

Además, la reducción actual de superficie mundial está ocurriendo en un mercado que todavía presenta presión por exceso de oferta en determinados segmentos.

La realidad es más compleja que decir simplemente “habrá menos lúpulo y será más caro”. Lo que sí parece claro es que la gestión de materias primas será cada vez más estratégica.

La tecnología también puede ayudar

Una de las respuestas de la industria será utilizar el lúpulo de forma más eficiente. Extractos, aceites y productos concentrados permiten obtener aroma o amargor utilizando una cantidad mucho menor de materia vegetal que con los pellets tradicionales.

BarthHaas está desarrollando y presentando precisamente nuevas soluciones de este tipo junto con variedades resistentes al clima.

Esto puede reducir pérdidas de cerveza durante la producción y mejorar el aprovechamiento de los componentes aromáticos. Quizá la cerveza del futuro no utilice menos lúpulo en términos de intensidad sensorial; puede que simplemente lo utilice mejor.

¿Sabrá diferente la cerveza del futuro?

Probablemente sí. Pero eso no significa necesariamente que vaya a saber peor.

El cambio climático puede reducir el rendimiento de determinadas variedades tradicionales, modificar su composición o hacer que algunas zonas productoras tengan que transformarse. Eso obligará a agricultores, investigadores y cerveceros a adaptarse. Aparecerán nuevas variedades, cambiarán algunas recetas, se utilizarán técnicas agrícolas diferentes, surgirán nuevas zonas de cultivo y probablemente veremos un uso creciente de extractos y tecnologías capaces de aprovechar el lúpulo con mayor eficiencia.

Lo verdaderamente interesante será comprobar cómo responde el mundo cervecero. La historia de la cerveza es, en realidad, una historia de adaptación. Durante siglos, los elaboradores han modificado ingredientes y procesos en función del clima, las materias primas disponibles, la tecnología y los gustos de cada época.

Ahora nos enfrentamos a una transformación distinta y considerablemente más rápida. Quizá dentro de veinte años sigamos bebiendo IPA, Pilsner y Saison, pero los lúpulos que encontremos dentro de ellas podrían ser diferentes. Y cuando acerquemos la copa a la nariz quizá aparezcan aromas que hoy todavía no tienen nombre.

Porque el cambio climático no solo está modificando nuestros paisajes. También puede estar empezando a cambiar algo mucho más cercano: el sabor de nuestra próxima cerveza.


Iván Rodríguez

Beer Sommelier por el IFE de la Cámara de Comercio de Madrid, Cicerone Beer Server y Técnico en elaboración de cerveza por la Universidad de Alicante. Cervecero casero, socio de la ACCE y la AEBSCC, entusiasta de la cerveza, su historia y estilos, creador del blog "Cervecing".

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